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Máscara cotidiana

La máscara como etiqueta.

La etiqueta como excusa.

La excusa como refugio.

El refugio como huída.

La huída como muerte distraída.

La máscara como muerte de lo que esconde, como invención perpetua.

CAE LA MÁSCARA

 

Ninguna etiqueta es posible.

No existen excusas.

No hacen falta refugios.

No hay de qué huir porque la verdad no asusta.

Vivimos al descubierto.

La máscara como preludio de lo que esconde, como obstáculo resuelto.

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Me la pusieron cuando tenía 7 u 8 años, no recuerdo la fecha exactamente. Al principio fue motivo de mofa en mi entorno más cercano y supongo que por eso y la poca costumbre, era consciente de su existencia todo el tiempo. No podía evitarlo, mantuve durante semanas el gesto casi obsesivo de quitármela y ponérmela cientos de veces al día.

Poco a poco fue integrándose en mi cara, mis facciones, mi cabeza. Incluso hubo partes de mi cráneo que se comenzaron a modificar para acogerla de forma más cómoda. Los burlones también dejaron de burlarse. Le fui dejando hueco y los límites que la definían fueron diluyéndose, no los veía, dejé de ser consciente de que estaban ahí. Y la máscara pasó a ser tan mía como mi cara.

Fue curioso como el mundo se volteó, y el disfraz pasó a ser refugio, y quitármelo suponía un desnudo casi tan explícito como uno integral. Me separaba del mundo y evitaba que pudieran verme, mirarme directamente sin haberlo elegido. Creo que a veces incluso me poseyó, me perdí detrás, dentro, junto a ella.

Ahora, después de 20 años, vuelvo a reconocerme cuando no la llevo y consigo despojarme más fácilmente. Aún la utilizo, aún me da cierta seguridad.

Pero creo que empiezo a dejar de necesitarla.

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Beatriz

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Perder las llaves

         Se ha hecho tarde, ya no queda casi nadie por las calles, las persianas de los comercios están cerradas y las farolas iluminan las aceras de amarillo. Cuando llega al portal y busca en los bolsillos se da cuenta de que se ha dejado las llaves. Nunca antes se había fijado en aquellos timbres oxidados y anticuados pero que mantienen su dignidad a pesar de tener los números borrados por el tacto de otros dedos que no nunca han sido los suyos porqué él nunca se deja las llaves. Sin embargo, ahora no le queda más remedio que llamar a tientas, sin saber a ciencia cierta qué timbre es el de su casa.

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